El portón eléctrico se abría lentamente, eso me dio tiempo para pensar y en mi caso ya saben que eso no siempre termina bien.

El asunto es que desde el portón eléctrico que da a la calle hasta mi casa hay al menos 70 metros que se recorren a través de un callejón de unos 5 metros de ancho en una leve pendiente rodeada de una frondosa vegetación. A la entrada vislumbré el periódico que había dejado el repartidor sobre el pavimento, envuelto en una bolsa plástica.

En alguno de esos malditos segundos me visualicé como Frank Martin, de El Transportador, o Dominic Toretto de Rápido y Furioso. La imagen en mi cabeza era clara, me acercaba en mi coche a baja velocidad, como la transmisión es automática no necesitaría tener el pie en el acelerador, abriría la puerta y con la mano izquierda tomaría el periódico todo esto sin detenerme.

No se encendió ninguna alarma en mi cabeza, …es que me tengo confianza. Y así fue como enfilé por el callejón al mismo tiempo que soltaba mi cinturón de seguridad para tener más espacio de maniobra, estoy seguro de que la expresión de mi cara tenía una amplia y tonta sonrisa. Abrí la puerta -mi automóvil es un todo terreno alto-, un rápido cálculo de tiempo distancia me indicó que sería necesario no sólo sacar el brazo, sino que además todo el tronco de mi cuerpo para alcanzar el periódico. Con la mano derecha me afirmé al volante y saqué medio cuerpo fuera.

Mi calculo “tiempo distancia” no contempló que al tomar el volante el coche giraría hacia la izquierda contra los arbustos y árboles, traté de reincorporarme, pero eso lo hizo girar aún más pronunciadamente. Sólo atiné a empujar el volante hacia la derecha para retomar el camino y por lo tanto, a la vez me vi obligado a soltarlo.

Por otro lado, la mitad derecha de mi cerebro -la parte tonta- seguía insistiendo en coger el periódico, así que al tomarlo quedé apoyado en el suelo mientras el coche seguía avanzando y ganando velocidad, ya totalmente fuera de mi control. Caí al pavimento y sin perderlo de vista, rodé por sobre mi hombro para evitar que la ruedas traseras me atraparan.

Tuve otra visualización, esta vez una catastrófica en la que dos toneladas de fierros embestían mi casa a toda velocidad incendiándose y destruyendo todo a su paso. Ya preso de la desconfianza en mi auto-sobrevalorada condición física no creía que podría alcanzar el coche, pero me paré lo más rápido que pude y corrí calle abajo.

-Para por favor –le grite suavemente. Sí, asi es, se puede gritar suavemente, se grita con la expresión de grito en la cara, pero con vergüenza de que te escuchen los demás. Se lo aprendí a mi mujer.

Afortunadamente la puerta seguía entre abierta, debo haber corrido 20 metros y al segundo intento me pude meter al interior, apreté el freno a todo dar, aunque no era necesario…

Una vez con el coche detenido, me senté mirando el cielo por un rato, pero no para agradecer a Dios, sino que para recuperar el aliento.

Al cabo de unos segundos me empecé a reír a carcajadas, en mi mano izquierda estaba el periódico, nunca lo solté.  Finalmente no habia salido como esperaba, pudo ser desastroso, pero casi lo conseguí, de verdad que casi lo logré… pero a Toretto tampoco le resulta todo, también ha  estado a punto de morir varias veces  y provocando daños colaterales mucho peores.

Fue una idea estúpida, ahuevonada, pero ¿a quién no le ha pasado?