Entre Monos y Serpientes

Cuentos de quien no sabe lo que hace

Relatos y Cuentos

Acá puse algunos relatos que escribí, me gusta pensar que son cuentos donde la ficción baila en el borde de la realidad. Tengo varios más, pero no llegaron a una etapa que siquiera yo considere decente.

No tengo grandes pretensiones, no redacto bien, no tengo buena ortografìa, pero siento la magia que estuvo amarrada dentro de mi, ahora entendí que tiene que salir.

Magia

Desperté temprano, un poco antes del amanecer, con ese sentimiento de que durante el sueño ‘algo’ se me había revelado, intuido, aclarado o propuesto -quizás me faltan adjetivos- ; sólo sabía que lo soñé pero no específicamente qué.

-¿Acaso no has tenido esa sensación? –no estás aquí pero me gustaría preguntártelo, de una u otra forma tienes que haber estado presente en mi sueño.

Ha sido un verano caluroso, el tibio piso de madera amortiguaba mis somnolientos pasos hacia la biblioteca. Ni siquiera tuve que encender la luz, el amanecer se filtraba etéreo entre los árboles hacia el ventanal junto a los primeros trinos de los pájaros. Me detuve a contemplar esa frágil luminosidad, es que a esa hora todo pasa tan deprisa…, pareciera que el día y la noche se abrazan enamorados en un baile que anticipan que terminará demasiado pronto.

“Vamos, ¿Qué estás buscando?  –me pregunté, apoyando las palmas de las manos en la repisa repleta de libros. Los estantes estaban atiborrados de textos, había tratado de mantener el orden por materia, Ingeniería, Ciencia Ficción, Terror, Poesía, Matemáticas, Mercadeo, Autoayuda  –me avergüenzo de eso, pero sí, he caído en comprar libros de autoayuda-, y etcétera –“Un desorden que es mi propio orden y que sólo yo entiendo –la típica frase para que nadie se meta en nuestras cosas.

Bajé la vista y exhalé deshaciéndome  de todo el aire de mis pulmones –es que dicen que la asfixia temporal activa tus neuronas por algunos milisegundos y quise ayudar a mi intuición-. Ya estando en lo que llamo  ‘La Zona’, volví a mirar la estantería y entre todos tomé un viejo libro de poemas olvidado de años atrás, lo había leído demasiado joven…, -incluso antes de conocerte.

Lo abrí con cuidado, sus hojas estaban gastadas y amarillentas, no era por el uso, había sido  el paso del tiempo. Lo recorrí con apuro, como presintiendo que lo que me había llevado hasta allí se me podía escapar, lo hice desde atrás hacia delante, las hojas abanicaron la habitación impregnándola de un olor mohoso y dulzón; a la vez que se liberaban cientos de motas de polvo que brillaban con los rayos de luz. De pronto ahí estaba, puse mis dedos sobre él y recorrí sus letras reconociéndolas, …rasguñándolas .

-¿Te puede esperar tantos años un poema? – te vuelvo a preguntar…, ya sé que no estás, pero es esta fuerza extraña la que me arranca las palabras.

La magia no actuó primero sobre mi cerebro ni mi corazón, fue por hechicería que me quemó la piel.

Quise retenerlo tomando una fotografía, que nunca necesitaré. La imagen ya es parte de mí, quedó tatuada a fuego y hielo en mis huesos.

-Un día, cuando salgas por el claro del bosque, con tus ojos de hechicera podrás leerlo en mí.

 

 

No Me Beses Que Me Enamoro

Su mirada clavada en el techo,
la mía en su boca prohibida.
Sus manos aferran mis nalgas,
las mías acarician su cara.
No me beses -me dice.

Su amor gritado es la mentira,
mi sudor espeso es la verdad.
Fundidos en pasión y deseo,
forjados en vergüenza y traición.
No me sonrías -me dice

En el momento que calla y se descuida,
ahí cuando los segundos son eternos,
Mi boca, …su boca se ahogan pegadas.
Triunfo, sonrisa, derrota y lágrimas,
-No me beses que me enamoro –me llora.

 

 

Mis Vestigios

Allá quedaron mis vestigios,

no me los arrancaron los lobos a dentelladas,

sólo los dejé abandonados al atardecer,

sueños y recuerdos carcomidos,

ahora son carroña de buitres y coyotes.

 

Los minutos que demoré en sacarla a bailar,

que cuando me dijo que sí me petrifiqué,

en ese baile apretado de cuello y entrepierna,

no supe como contestar cuando su cara se volteó hacia la mía.

 

Las pichangas del barrio y del recreo,

cuando la lealtad era parte de lo que jugábamos,

con fauls, goles y córners sentenciados por nosotros mismos,

si hasta jurábamos que vimos lo que cobrábamos.

 

También las ecuaciones de la señorita de Matemáticas,

que enredadas en sus medias oscuras se hacían inentendibles.

Las piernas blancas, morenas y negras de mis compañeras,

fetiches escolares con los que me apuñalaba.

 

Esos besos con sabor a cigarro mentolado

y todo lo demás que se pagaba con cuatro lucas.

Fui uno más que  soñó con rescatarla de ahí,

una cárcel con paredes de humo y necesidad.

 

Aquel paseo bajo un ventarrón de otoño

Y ese abrazo que me dio por dentro de mi abrigo,

manos heladas por el viento y calientes por el deseo,

-Sujétame fuerte para no olvidar -me dijo.

 

Allá también están los tragos que reí,

que si no me los tomaba recordaría más.

Y junto a ellos los pitos que temí,

que si me los fumaba seguro que la besaba.

 

Fui mi pasado de sueños y recuerdos,

Pero ahora soy carne viva sin piel

con las vísceras al descubierto

a la espera de los buitres y coyotes.

 

 

Receta Plateada al Horno (Tapa de Asado al Horno)

-Flavio, dejé una plateada para que la hagamos al horno. ¿Me puedes ayudar con eso? -Ella me lo dice así, como pregunta, pero la verdad es que sé que espera que yo cocine este sábado.

-Es difícil hacer la plateada, hay un riesgo grande de que quede dura y seca –le contesto con preocupación. Si bien es cierto es uno de mis platos predilectos cuando voy a algún restaurant, pocas veces he quedado conforme con lo que recibo.

-Bueno, entonces la voy a hacer solita… -me dice con voz tierna, sabe que no me resistiré. Me da rabia que me domine tan fácilmente, pero cedo.

-No deja, yo la hago, pero déjame investigar en internet primero –creo que se me nota la voz de fastidio, pero ella sonríe triunfante, lo hizo otra vez.

Sí, es verdad, hice una plateada al horno, el resultado fue asombroso: Una carne jugosa y blanda que casi se podía cortar con el tenedor, acompañada de verduras glaseadas y horneadas en su jugo. Los sabores se mezclaban en el paladar haciendo una combinación deliciosa.

Cocino esporádicamente, principalmente asados a la parrilla que comparto con mi familia y amigos, por lo tanto, no soy un experto. Me gusta investigar antes de poner manos a la obra, pero no sigo las recetas al pie de la letra, pues hay miles de ellas en internet y no hay como saber cuál es la mejor. Así que la receta es una combinación de lo que leí, pregunté y agregué.

En esto de las recetas de la plateada al horno nadie coincide, salvo por la carne: la plateada (en Chile), tapa de asado (en Argentina) o tapa de lomo de asado (en España).

Con respecto al tiempo de cocción las recetas varían desde 1 hora hasta 4 horas, pero en los restaurantes buenos, la carta señala que la carne ha estado más de 6 horas en el horno, así que decidí que 6 horas era fundamental.

Algunas recetas agregan vino a la carne, generalmente se habla de vino blanco, pero siempre he pensado que el vino blanco no va bien con las carnes rojas y supuse que con 6 horas de cocción el vino tinto aportaría fuerza al sabor de la carne. Es una suposición, pero a veces aceptar algunas creencias como verdades evita que te detengas.

Las verduras, principalmente las cebollas se recomiendan que se pongan crudas a corte pluma como una cama en una fuente y sobre ellas la carne. También leí que se podían saltear, esa idea me gustó, así que la incorporé.

Busqué los ingredientes que tenía a mano:

-3 Kg de Plateada, Tapa de Asado o Tapa de Lomo de Asado, según el país.

-3 Cebollas grandes

-2 Tomates

-1 Pimiento Rojo

-1 Pimiento Verde

-1 Ají verde

-1 Cucharadita de Merkén (ají en polvo rojo)

-2 Dientes de ajo

-2 Zanahorias

-1/2 botella de vino tinto

-1/2 botella de ketchup

-2 cucharadas de aceto balsámico

-2 tomates

-Pimienta

-Comino

-Sal

 

Encendí el horno a 140 grados Celsius, después me puse a poner todos los ingredientes sobre el mesón de la cocina y luego empecé a sacar la carne que venía sellada al vacío, al pinchar la bolsa me di cuenta de que la sangre iba a ensuciar el mesón, así que la tome y me di vuelta para terminar de sacarla sobre el lavabo. Estoy usando unos anteojos para la miopía, tengo 1.5, no es gran cosa, pero suficiente para sentir que los debo usar cada vez que necesito precisión en algo. El problema es que no me acostumbro a ellos y como mi visión a distancia es muy buena, me los saco cada vez que puedo y esta vez me los dejé puestos en la punta de la nariz, para poder ver sobre ellos cuando quisiera enfocar algo de lejos y así no tener que tomarlos con las manos sucias. Entonces al tomar la carne y moverla de un mesón a otro vi la botella de aceto balsámico a dos distancias distintas, no es broma y la pasé a llevar.

Vi como el recipiente volaba por los aires, tuve tiempo para pensar en soltar la carne y hacer el intento de cogerla, pero desistí, pues imagine como caía la carne la suelo y la botella de vidrio se rompía en mil pedazos junto a ella convirtiendo esa noble plateada en una trampa mortal… ¿muy dramático?.

La botella cayó de costado, la mitad superior quedó intacta y la mitad inferior se reventó lanzando esquirlas a dos metros a la redonda. Inmediatamente un líquido oscuro y viscoso comenzó a desparramarse lentamente amenazando por filtrase por debajo de los muebles, el olor a vinagre era insoportable. Dejé la carne a un lado y corrí a buscar un rollo de toalla de papel, mientras maldecía la ocurrencia de usar aceto balsámico, la verdad es que no me gusta su olor ni sabor.

-Todo por dos cucharadas de aceto –murmuraba mientras secaba el piso para evitar que el vinagre se impregnara en la madera de los muebles y al vez tenía cuidado de no cortarme los dedos con los vidrios.

-Hey ¿se rompió algo? –me gritó ella desde lejos.

-No vengas, yo lo arreglo –casi le ladré. Aunque no tenía la culpa, en ese momento la odiaba, la idea de la carne al horno había sido suya y a ella es a la que le gusta el aceto balsámico.

No hubo respuesta, tampoco se acercó a ver. Ella, como todas las bonitas, nunca insiste.

Cuando terminé de detener el tsunami, cogí todos los vidrios con cuidado y los fui metiendo dentro de una botella plástica de 3 litros de gaseosa vacía a la que previamente le hice un corte, así evito que alguien al tomar la basura se corte accidentalmente. Finalmente fregué el piso con un detergente con olor a lavanda, en total 15 minutos de retraso.

Volvamos al procedimiento.

No quité la grasa de la carne, era muy abundante tal como debe ser un buen trozo de plateada. La grasa es la que aporta sabor durante la cocción y ayuda a evitar que la carne se reseque.

Puse dos cebollas a corte pluma sobre una fuente grande y profunda, haciendo una cama con ellas.

Medí la carne y decidí en cortarla en tres trozos grandes para poder acomodarla bien en la fuente. Cada uno de esos trozos fue sellado en una sartén grande con aceite a fuego fuerte, del aceite amarillo normal, creo que freír con aceite de oliva es cursi, porque nunca he comrpbado que el resultado sea mejor. Luego puse los trozos de carne en la fuente por sobre las cebollas, espolvoreando merken sobre ellos.

En la misma sartén freí dos tomates trozados y pelados sin pepas -es importante que no tengan pepas para evitar el amargor-, una cebolla a corte pluma, un pimiento verde y uno rojo cortados en trozos, dos zanahorias grandes en rodajas finas, un ají verde cortado en rebanadas, dos dientes de ajos, condimentando con pimienta, comino y sal. Tuve cuidado de no quemar las verduras.

Una vez freídas las verduras, agregué media botella de ketchup, había visto una receta donde se incluía dos cucharadas de ketchup, pero hace tiempo aprendí que el ketchup nunca es poco, entonces me entusiasmé. Después vertí media botella de vino carmenere, Casa Silva, Reserva 2015. Sé que me van a decir que es un crimen lo que hice, pero no tenía otro a mano. Y por último, me sirve para agregarle distinción a la receta.

También adicioné las dos cucharadas de aceto balsámico, es que no agregarlas habría sido como partir derrotado.

Toda esa mezcla la vertí sobre la carne cuidando de cubrirla bien con las verduras para que no quedara expuesta directamente al calor del horno. Rellené con una taza de agua para que la carne quedara casi sumergida. Y quedó tal como en la foto.

La puse en el horno y las restantes horas fueron una vigilia. Fijé la alarma en 180 minutos y después fui agregando 60 minutos cada vez hasta completar las 6 horas. A través del cristal vigilaba que el jugo no se evaporara, lo que nunca sucedió, supongo que la misma grasa de la carne y los tomates hicieron su aporte. Además el factor suerte creo que contribuyó, pues nunca le puse sal a la carne, solo a las verduras, entonces supongo que al sellar la carne sin sal pude conservar los jugos interiores de esta.

Al cabo de cuatro horas decidí revolver las verduras con un cucharon, tomando las que estaban al fondo y poniéndolas en la parte superior al mismo tiempo que daba vuelta los trozos de carne. Esto le quitó glamour a la presentación, pero creí que era importante asegurar una cocción pareja.

A las 5 horas yo estaba muy preocupado. Me di cuenta de que había invertido gran parte del día dentro de la cocina y ya había mucha expectación, gran responsable de eso era yo, porque siempre exagero mucho todo lo que hago. Si el asado quedaba duro, desabrido o incluso como cualquier pedazo de carne que se puede hacer en un sartén, yo me convertiría en el foco de las burlas por meses.

Al cumplir las 6 horas con mucho cuidado corté un pequeño pedazo para probar, con emoción me di cuenta que casi no tenía que presionar el cuchillo para cortarla. No podía creer que esa maravilla la había hecho yo. Es cierto que me dediqué con esmero, pero sé que eso no es suficiente para casi nada, esta vez todos los astros habían confluido.

Del Amor, La Edad Y Las Mentiras

Tuve una conversación curiosa e interesante por WhatsApp. Mi hermana vive al otro lado del mundo, en Londres, entonces por esa vía nos mantenemos en contacto frecuente.

Hablábamos o más bien dicho nos escribíamos acerca de libros, es que hace un tiempo me había enviado por correo el libro The Psychopath Test, de Jon Ronson. -Te va a gustar -me dijo-. Todavía me pregunto si  me lo regaló porque hay algo que no me quiere decir directamente. Ella es psicóloga de las buenas, entonces mis temores tienen fundamento. No lo terminé de leer, es que mientras más avanzaba, más miedo me daba el descubrirme o identificarme a mi mismo y no lo soporté.

Esta vez me recomendaba una novela romántica,  The Time Travelers Wife. Aunque reniego de ser un romántico, creo que de cierto modo proyecto esa imagen, sino no me la habría mencionado y eso me hizo sentir incómodo, así que cambié de tema repentinamente.

-A propósito de relaciones, ¿cómo está tu amiga? Me contaste que su novio se fue de la casa intempestivamente -le pregunté. De verdad tenia curiosidad de esa sabrosa historia que me había relatado. Ella tiene una amiga que le planteó a su novio, con quien convivía hace años tener hijos y él en un ataque de pánico se había fugado de la casa.

-¿Ya te aburrí? -me preguntó.

“Que difícil es cambiarle el tema a una mujer, y a la vez que fácil y frecuentemente lo hacen  ellas -pensé.

-No, no es eso, es que a propósito de novelas románticas, me acordé de lo que me contaste hace un tiempo: Del novio ese que no pudo con el “compromise”….

Acá tengo que hacer un paréntesis, me hermana está comprometida, a pesar de hacer una muy buena pareja con su novio, recién después de 9 años de relación decidieron casarse. Como su noviazgo ha sido tan largo a modo de broma usamos la palabra en inglés “compromise” cuya traducción al español no significa lo mismo que compromiso. “Compromise” se aplica más bien a ceder o poner en riesgo algo para logar un acuerdo. Entonces una vez le pregunté si acaso esa tardanza en casarse se había debido al “compromise”…, así su Engagement Ring o Anillo de Compromiso, pasó a llamarse el “Anillo de Compromise “.

-Se fue definitivamente de la casa, dejó la mitad de sus cosas y se demoró tres meses en llevárselas definitivamente.-me contestó finalmente.-Vamos, que se quería ir sin irse (sic)…

-¿Y ahora, cómo sigue eso? -me interesé en entender un poco más.

-Aún quiere hablar con mi amiga y estar con ella pero sin “compromise”. Como excusa dice que tiene problemas y que va a terapia, pero yo no le creo.

-Entonces es un vampiro o un maestro -le dije tratando de obtener una definición que caracterizara al personaje.

-Maestro no es, un parásito le digo yo, pero me gustó más tu definición, es un vampiro. No quiere tener familia con ella, pero al estar siempre en contacto de cierta forma tampoco la deja tener familia con otro -reflexionó. -Es triste la historia -agregó.

-Entonces sigue triste -aseveré,  pero era una pregunta.

-Sí, eso de hacerse mayor afecta mucho a las mujeres… yo lo llevo bien, porque no aparento mi edad, hahahaha –me dijo, escribiendo su risa en inglés, así ríe ella.

Si su respuesta hubiera sido solamente un “sí” o un “no”, habría sido suficiente para mí, pero ahora estaba absolutamente desconcertado. Y así fue como empezó un diálogo entre sordos.

-¿Quién te dijo eso?-le pregunté, olvidando que es psicóloga.

-Yo me lo dije a mi misma!!! –me contestó, sin entender que yo no estaba bromeando acerca de su edad, además es verdad que se ve mucho más joven de lo que es.

-Mmmm… pero estamos hablando de tu amiga, yo suponía que estaba triste por terminar su relación. ¿Me puedes explicar qué mierda tiene que ver la edad en esto?

-Mmmm?  Hahaha, bueno, sí por la relación, pero ella también lo ve como que ya tener una familia sea difícil para ella, tener bebés…

-Pero el tener una familia implica primero tener una buena pareja o ¿el fin es tener bebés?  -quería saber qué creía, yo ya había asumido que había diferencias en cómo pensábamos.

-Para ella las dos cosas –con su respuesta nuevamente se desmarcaba de su amiga.

-Porque si es por tener bebés, dile que yo viajo, pero sin compromise… además me salen bonitos.

-Hahahaha, No!!!

-¿Me puedes explicar de nuevo esa relación entre la edad y terminar un noviazgo? –insistí, porque no quería que se me escapara.

-¿Es que no entendiste? –me regañó.

-No, soy hombre, no veo las cosas igual que tú –le dije, pero no sé si esa es la razón, porque por algo me mando el librito ese…

-Hahaaaa, sí…ya ya –fue su respuesta. Hizo una pausa como ganando tiempo para pensar cómo me explicaba.

-Supongo que ella terminó la relación con alguien que amaba y eso la debería tener triste, pero tu mezclas los hijos y la edad en esto –le dije para que entendiera mi pregunta. -¿Si esto pasaba diez años atrás daba lo mismo? –agregué.

-No, la relación la terminó él.

Ahora se me estaba clarificando todo, es que hace un rato me había dicho que el novio ¨parásito¨ la seguía contactando y que quería continuar la relación, pero era evidente que no estaban juntos ¿por qué?… creo que esa pregunta no la podría responder fácilmente una mujer.

Lo que su amiga no sabe, es que los hombres tenemos una herramienta que nos permite evadir conversaciones difíciles con nuestras parejas, le llamamos “la mentira piadosa”. El razonamiento es simple, mientras la mentira piadosa la deje tranquila sirve y si la hace feliz mejor. Acá van algunos ejemplos:

 

Ejemplo1:

-¿Cómo me queda este vestido? –me pregunta ella, … es el quinto que se prueba.

-Bien, ese es el mejor de todos –te miento piadosamente, porque la verdad es que no me fijé bien en los anteriores tampoco, pero me parece que el primero que te probaste es el mejor, pero si te digo que es este que tienes puesto , quizá  ya nos podamos ir. Además vi el precio sin que te dieras cuenta y es más barato.

 

Ejemplo 2:

-Sofía es una chabacana, venir con esa falda tan corta, no deja nada a la imaginación –me lo dice mirándome fijamente. Cualquier expresión de mi rostro me puede delatar.

-No sé, no me fijé, hay tanta gente… -contesto nervioso y hago una pausa para chequear si quedaste satisfecha con mi respuesta. Porque claro que vi a Sofía, apenas apareció, mi vista se desvió inevitablemente a esas piernas interminables, …que pedazo de mujer.  

 

Ejemplo 3:

-He pensado en hacerme una cirugía estética, ponerme implantes –dice ella.

-Mi amor, sabes que no me gustan las tetas grandes, son poco elegantes. Eres muy linda así y puede que la operación salga mal –miento y miento. La verdad es que me calientan las mujeres con curvas, pero teníamos programado cambiar el coche el mes siguiente y la operación no la debe cubrir el seguro. Además empiezo a sospechar que esas tetas nuevas  no serán sólo para mis ojos ni mis manos.  

 

Ejemplo 4:

-No eres tú, soy yo… estoy pasando por un proceso muy difícil donde me estoy reencontrando y necesito tiempo para mí, hasta he pensado en ir al psicólogo -clásica mentira. Pero la verdad es no te puedo decir que me aburriste y estoy saliendo con otra. Es que sé que vas a sufrir, después del llanto vas a querer que te explique y no lo sé explicar, ¿cómo te digo que fue por caliente? Además dicen que la venganza de  una mujer engañada  es de lo peor y sinceramente en estos momentos lo último que necesito es tener certeza de eso

 

Podría seguir con los ejemplos, pero no quiero desviarme del tema principal. La conversación ya llegaba al punto de encuentro.

-A ver,  mi amiga tiene 38 y su novio tenía 31-me precisó. -Él no quería bebés, dice que ni ahora ni nunca. Entonces el decidió irse (pero corriendo) y ella quisiera estar con él, PERO quiere tener hijos algún día. Y ella piensa que ese día puede que no llegue por su edad.

-Aun así sigo sin entender lo de la edad –volví a la carga. De lo que sí estaba seguro era de que la declaración de no querer bebés era una “mentira piadosa”. Puedo apostar a que en un par de semanas más se enterará de que el vampiro tiene una nueva novia.

-Es que 38 no es lo mismo que 28, es una cuestión de biología –insistía en algo obvio. A veces pienso que me encuentra tonto. –Pero yo opino que para tener familia no se necesita la biología, eso lo dije siempre y ahora aún más! -agregó finalmente. Cada vez que me hablaba de su amiga, me trataba de dejar claro que ella era diferente, aunque no era necesario… sigo pensando en la razón por la que me envió el librito…

-Lo que no entiendo es que tu respuesta tuvo más relación con la edad que con el término de la relación con su ex novio –dije. Con esa frase esperaba que quedara claro mi punto. –Aunque creo poder entender la lógica –agregué.

-Pero…. mi amiga es de esas mujeres que siempre ha querido quedarse embarazada para fundar una familia. No quedarse embarazada por cualquiera.

-¿Habría preferido seguir con el novio parásito y tener hijos con él? o ¿tener un novio no parásito y no tener  hijos? –pregunté. –Si solo pudiera elegir entre esas dos opciones –agregué eso último para cerrar las opciones.

-Con el parásito y tener hijos –fue su respuesta instantánea. –Yo no, ELLA –agregó. Por supuesto que ahora si esperaba que hiciera ese comentario adicional, me estaba quedando con la impresión que mi hermana de alguna manera se sentía obligada a apoyar a su amiga, aún en contra de sus valores, quizás hasta entendía lo de las mentiras piadosas y si ese era el caso, sin darse cuenta al que ayudaba era al parásito.

-¿Es normal eso?  O es digno del Psycopath Test –le pregunté.

-Hahahaaa, ella no es psicópata, pero cada uno tiene su locura –me contestó.

¨Si claro, si por algo me mandaste el librito ese… –pensé.

-Lo sé –respondí.

-Y la curiosidad por esto… ¿Es sólo por curiosidad o es otra cosa? –me preguntó.

-Es que en tu respuesta dabas por entendido algo que no estaba explícito en tus palabras, cuando te pregunté si seguía triste –le contesté.

-¿Pero que dije?

¨Vamos a empezar de nuevo –pensé.

-Dijiste que ¨hacerse mayor era difícil para las mujeres¨, con eso empezó tu respuesta -le escribí, pero si hubiera podido se lo habría gritado.

-Ahhh, pero ese era un comentario aparte…aunque ella también está triste por su edad –me explicó.

-Entiendo eso, pero no lo explicaste antes –le reclamé.

-Lo tuyo sí que no lo entiendo ¿Cómo asumiste que yo pienso igual que tú? –me lanzó de repente. Era todo lo contrario, no sé a qué se refería, quizá era una lógica de doble negación o podía ser que me estaba diciendo que desde el inicio yo debí asumir que somos distintos, pero eso yo lo tenía claro hace rato.

-¿Una mujer te habría entendido?, seguro que sí–pregunté finalmente.

-Hahahaha, no sé, a veces no me explico muy bien.

-Vaya psicóloga que eres.

-Hahahaha, soy malísima.

-Jajaja –reí también, pero yo rio en español.

-Pero lo digo de verdad, creo que la edad afecta más a las mujeres que a los hombres –continuó.

-Es tan relativo eso –fue mi respuesta.-Cambiando el tema: ¿Cómo va la construcción de la nueva habitación que estás haciendo? –agregué.

-¿Ya te aburrí?

-No, nunca lo haces –le contesté, no era una mentira piadosa.

La Chica Sin Color

Repentinamente dio la vuelta y volvió decidida sobre sus pasos.

-¿Me estás siguiendo? –preguntó seria.

Miré a todos lados para asegurarme que se dirigía a mí. Me miraba curiosamente a los ojos mientras esperaba la respuesta. Había un dejo de ansiedad en sus palabras.

-Ehhmmm… quizás vamos en el mismo camino –sin negarlo, fue lo primero que se me ocurrió decir.

-Disculpa, no soy de las que habla con desconocidos, es que hay algo que me parece familiar en ti –lo dijo lentamente, como si hubiera ido acomodando las palabras mientras salían de su boca.

No se movía, entendí que seguía esperando una respuesta concreta. Entrelazaba sus dedos con fuerza, como esperando que la verdad se transformara en certeza.

-A mí también me pareces familiar. ¿Quién eres? –agregué la pregunta para devolver la tensión hacia ella.

-Antes creí saberlo, ¿Me ayudarías a entender?

En un solo día que transcurrió demasiado  de prisa, sin formalidades, sin rodeos ni apuros, me contó lo que creía y yo le hablé de lo que pensaba que sabía.

-¿Tienes frío? –le pregunté. Era tarde y noté que temblaba levemente.

-Sí, pero no te preocupes por mí, aún nos falta mucho… –se detuvo, creo que no sabía muy bien qué estaba buscando, o quizás no encontró las palabras para explicarme. Lo había intentado varias veces, pero soy torpe y no entendí.

Puse mi chaqueta en sus hombros, me senté a su lado y durante unos minutos en silencio imaginé que si este fuera un mundo de papel, ella sería la Chica Sin Color. Buscaríamos su historia entre novelas, libros de cuentos y poesía. Me diría que no es de magos, monstruos ni brujas; es que no sabría esconderse ni luchar contra ellos. Tampoco sería de reyes y princesas; es que no le van bien los protocolos ni las reglas.

Dicen que una buena historia se construye desde el villano, mientras más perversos y siniestros son sus objetivos el relato crece en intensidad. Aunque era sutilmente evidente, no habíamos sido educados para ver, entonces fue muy trabajoso y duro revelarlo. A nuestro villano le llamamos La Verdad.

Los personajes le temían a La Verdad, huyeron lejos, a un lugar donde ni el lenguaje permitiera nombrarla y construyeron una fortaleza solitaria con altos muros donde esconderse. Se tejió un manto urdido con el telar de los secretos, esa era el arma con el que se combatía a La Verdad.

-¿La Verdad? …¿Más que La Mentira? –me preguntó.

-El villano es contra el que luchamos, entonces el bien y el mal es relativo. En esta historia nuestro enemigo ha sido La Verdad –le contesté, aunque no estaba totalmente convencido.

-Ya veo, La Mentira se hizo para aliviar y sanar el dolor de La Verdad –me dijo con tristeza –Ay, ojalá La Mentira hubiera sido más fuerte –un sollozo se le escapaba de la garganta mientras se sentaba en el suelo.

-Puedes seguir luchando o aceptar la derrota –le dije, sin atreverme a mirarla a los ojos, es que ya sabía lo que iba a ver.

-Pero si acepto a La Verdad, ya no tendré las armas para defenderme de su dolor –las palabras apenas brotaban de su aliento.

Ya no había más respuestas ni consejos, ella siempre lo había sabido. De a poco se incorporó, tomo unos cuantos lápices y se empezó a alejar.

-¿A dónde vas? –pregunté. No quería que llegara este momento, cuando ella ya no me necesitara, pero sin darme cuenta, yo también había ayudado a este desenlace.

-Es hora de escribir mi propia historia junto a La Verdad –seguía llorando, pero esta vez había algo más que no supe identificar.

Me quedé ahí inmóvil, mis pies se tornaron pesados, tanto que ni siquiera pude alcanzarla para decirle adiós, en cambio a la distancia le grité:

-Por favor, escribe que estuve ahí! -me sentí tonto, pero no tuve más tiempo para pensar.

Cuando se aseguró de estar lo suficientemente lejos para que no pudiera distinguir su rostro , La Chica Sin Color se dio vuelta por unos segundos como si quisiera darme una señal de que me escuchó.

 

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Al día siguiente, encontré un sobre con mi nombre en el bolsillo de la chaqueta. Lo abrí con cuidado, había una carta hecha de cartulina que se doblaba a la mitad como las tarjetas de Navidad. En la portada tenía varios coloridos dibujos hechos cuidadosamente a mano y en letras grandes decía ¨Para Ti”.

Entendí sin leerla que todo lo que me escribió era desde sus sentimientos reales, la carta estaba escrita de una sola vez, no había ninguna palabra tachada o borrada. No necesitaba leerla, corrí por encima de las letras, porque casi adivinaba lo que decía.

¨Gracias por acompañarme estas horas. Me has ayudado aún sin conocerme. Esto no es una despedida, me gusta pensar que esto es el comienzo de una nueva historia. Ya no hay más que descubrir sobre el pasado, solo me queda proyectarme hacia el futuro. Y desde ahora ya no soy la misma de ¨antes¨, porque negar mi identidad sería negar a otros y que existes tú.

Al igual como tú me lo diste a entender, yo también desde hace tiempo te he tenido muy presente en mi vida y ahora me gustaría que continuemos igual construyendo una nueva historia. Una que sea nuestra y sin la influencia del pasado.

No es un adiós, porque sé que estaremos siempre en contacto, solo quiero decirte gracias una vez más por todo lo que has hecho por mí.

Con todo mi cariño,

La Chica Sin Color¨

 

 

El Regalo

La Navidad se acercaba, no había mucho tiempo para terminar los regalos, tampoco dinero para comprarlos, así que ella durante semanas había estado tejiendo, cociendo y pintando. Había pensado en algo especial para cada uno de quienes irían a visitarla.

Cada atardecer al llegar de la escuela su pequeño hijo, ella con su mirada le preguntaba en silencio:

‘’¿Eres feliz?, ¿Alguien te hizo daño?, ¿Tienes amigos?… –esas preguntas la atormentaban, cada día observándolo trataba de adivinar la respuesta.

El niño se sentaba a su lado a ayudarla en lo que podía: enhebrar las agujas, hacer ovillos con la lana sobrante y pegar los sobres de las tarjetas.

-Los estamos haciendo entre ambos -le decía,  pero él sabía que no era cierto, siempre era así, con ella lo tenia todo: En los días de lluvia esas sopaipillas pasadas en caramelo, en la noche al salir del baño la toalla cliente al lado de la estufa, las galletas recién horneadas al llegar del colegio…

La noche de Navidad, cenaron solos. No había dicha más grande que saber que la tenía sólo para él. Ella le contó un cuento de reyes y magos, hasta que finalmente él con una sonrisa se durmió.

Al día siguiente él despertó y apresurado bajo a buscar su regalo, había un lindo tren de madera con varios vagones al pie del árbol de navidad, ese de hojas de cartulina pintadas a mano que ambos habían confeccionado una a una.

No era un regalo de los hechos por ella, lo había comprado para él. Todo la mañana jugó con su trencito. Se hizo diminuto y abordó  el ferrocarril recorriendo cada rincón de la casa.

Por la tarde fueron llegando visitas y siempre antes de irse recibían el obsequio hecho por ella, esos que él y ella habían guardado en la cesta de Navidad. Eran recibidos con sorpresa y las visitas agradecían el esfuerzo y dedicación de esos regalos tan personales.

Cuando el último fue entregado el niño se puso a llorar.

-¿Qué pasa hijo?, ¿Qué te apena tanto?, pensé que el tren era lo que más querías -le dijo ansiosa mientras se preguntaba qué había hecho mal, pensó que quizá se había preocupado mucho de las visitas y lo había dejado sólo demasiado tiempo, era Navidad y la Navidad es de los niños…se sintió muy culpable.

-Si mamá, es muy lindo, pero no dejaste nada hecho para mi con tus propias manos.

Aliviada, ella lo miró con amor e hizo una pausa de unos segundos.

-Siempre puedo hacer cosas para ti y serán las más hermosas -le dijo mientras tomaba sus manitos.

-¿Y cómo sabes que serán más hermosas? -le respondió el niño aún sin consuelo.

-Hijo, lo sé porque tú fuiste hecho con mis propias manos.

El Camino No Se Puede Desandar

Ya no quedaba nada para mí en el pueblo, casi todo lo que me había pertenecido me había abandonado. Entre mis pertenencias, apenas tenía un montón de lágrimas que había retenido dentro de mi pecho, esas que por orgullo no dejé que me las arrancaran.

Todo lo conocido por mí, todo lo vivido llegaba hasta el borde del pueblo que terminaba en un acantilado. Desde ahí podía ver el mundo, un gran valle surcado por anchos ríos y lejos en el horizonte, arriba de las montañas, al entrecerrar los ojos veía el brillo de ricas tierras inalcanzables.

En el borde del precipicio contemplaba esa tierra luminosa, imaginé las maravillas de un nuevo mundo, un nuevo comienzo, un lugar donde dejar mi equipaje de lágrimas. Sin nada que perder, sin nada que llevar, sin pensarlo empecé el descenso. No hubo despedida, nadie me llamó.

La ladera era empinada, quien ha bajado por rocas sabe de lo que estoy hablando. Mis pies buscaban puntos de apoyo a ciegas, mis brazos recibían arañazos cuando mis manos sudadas resbalaban en la roca ardiente. Sin agua ni comida, sólo la visión de las nuevas tierras en la lejanía me daba fuerzas para seguir.

La noche detuvo mi descenso, aferrado a la roca, con miedo a dormir y caer, me dediqué a contar cada lágrima que llevaba, algunas se habían perdido en el camino.

Al alba, recomencé mi tarea, mientras más descendía, más me adentraba en una bruma que fue escondiendo mi tierra soñada, esa que brillaba en el horizonte. Bajaba a ciegas, hasta que una abejorro se posó en mi hombro, sin decírmelo me lo dijo, me acercaba al valle y terminaba el descenso. Las piedras ahora cubiertas con musgo hacían más lento mi avance, varias veces resbalé, pero ansiaba llegar a las nuevas tierras con más fuerza que cualquiera de los golpes que me daba.

Con la lengua seca pegada al paladar, mis brazos y piernas que apenas respondían, perdí el equilibrio y caí. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, era de noche, tenía medio cuerpo sumergido en un arroyo, bebí de esa agua casi con felicidad, por unos segundos olvidé el dolor. Lavé mis ropas y cuerpo en esa agua fría y me tendí en la orilla a esperar el amanecer.

En la mañana no pude distinguir ningún camino, sólo arriba la posición del Sol me ayudaba a orientarme, el bosque que se iniciaba a unos metros delante de mí ya no me dejaba ver las montañas ni sus ricas tierras que anhelaba. Así al igual que como bajé, decidí que haría mi propio camino a través del bosque.

Apenas había dado unos pocos pasos cuando de la nada apareció una muchacha, llevaba una gran cesta bajo el brazo que balanceaba mientras saltaba entre las piedras del arroyo con seguridad. Se acercó a mí, pero no me detuve. Entonces ella caminó a mi lado con naturalidad, sin dejar de balancear su cesta.

-Buenos días, ¿A dónde vas?  -me preguntó, sin mirarme a los ojos, creo que para no intimidarme.

-Voy a dejar algo importante que llevo conmigo allá donde se ven las montañas altas –indique con mi mano, hacia donde creía que estaban.

-Debe ser algo muy importante para que lo lleves tan escondido –me contestó.

-No me gusta hablar de ello, pero voy por mi cuenta –dije orgulloso.

-No llevas equipaje, debe ser un mensaje, una historia, me gustan los relatos, ¿sabes contar un cuento? –ahora sí me miró y no pude seguir caminando. Sus ojos eran puros pero decididos, esperaban la respuesta, su mirada no me iba a soltar.

-Sí, pero tendría que saber tu nombre.

-Si eres bueno contando una historia me puedes dar el nombre que quieras –seguía observándome y abrazándome con su mirada.

-Entonces te llamas Brisa y puedo contar el cuento de la linda Brisa.

Le dije que estaba hambriento y de su cesta me ofreció pan y frutas. Nos sentamos a la orilla del bosque y entonces le conté sobre Brisa, la bella muchacha de ojos puros y de cabellos que jugaban con su rostro. Esa que caminaba balanceando su cesta, esa cuyos livianos pasos no dejaban huella sobre la hierba. Me dijo que le gustó y me dio un abrazo, apoyó su cuello contra el mío y su suave fragancia me embobó, sentí sus rápidos latidos como si fueran los de un pájaro pequeño. Apoyó su cabeza en mis piernas y sin dejar de mirarme me pidió que le contara otra historia.

Esta vez le hablé del Hombre Triste que no tenía nada porque lo perdió todo, que no tuvo la fuerza para reclamar lo que era suyo, que no quiso rogar por una oportunidad. Ese que una vez fue amado y no dejó de amar.

-Esa historia es muy triste –sus ojos con las lágrimas contenidas brillaban como un par de esmeraldas sumergidas -¿Qué sabes del amor?

-¿Del amor?

Le conté de una muchacha de ojos hermosos y de frágil caminar que es amada por el viento que la abraza suavemente. Qué es amada por quien es escuchado cuando ella aparta su cabello por detrás de sus orejas. De aquella que toma al Hombre Triste por el cuello para juntar sus labios.

Entonces Brisa, por primera vez cerró sus ojos y me besó.

Al atardecer, nos incorporamos y caminamos por el bosque. Ya no estaba cansado, mis pasos eran livianos como los de ella, sin darme cuenta íbamos de la mano. Hablaba de su gente y de su pueblo, de los árboles y del arroyo. Era todo lo que conocía. Nos detuvimos cerca de la villa.

-Ven conmigo –no sé si lo escuché, pero su mirada me lo decía.

-Tengo que llegar a las tierras que están más allá de las montañas, voy a dejar lo que llevo. Tengo que hacerlo.

-¿Volverás?

-Te recordaré en mi camino.

-Entonces ve, pero los caminos a veces no se pueden desandar –sus ojos temblaban y me besó por última vez.

A paso rápido, casi corriendo me alejé para no arrepentirme, no miré atrás, porque sentía sus ojos aún a la distancia. Tenía que cumplir mi propósito, había algo más maravilloso en esas montañas.

Pasaban los días y las semanas, hasta que el tiempo ya no significó nada para mí. El bosque nunca me dejaba volver a ver mis montañas, pero el recuerdo de ellas y las estrellas me mantenían en una dirección que creía segura.

-¿Quién eres? –me dijo el ermitaño.

Me detuve, no había hablado con alguien en… no sé, mucho tiempo, demasiado. Y le conté mi cuento del Hombre Triste, esperé que se emocionara como Brisa, sin embargo, sólo agregó un leño más a la hoguera a modo de invitación para que me sentara a su lado.

Entonces me habló de un hombre que había sido triste, que nombró cada árbol y animal  del bosque, de aquel que reconocía cada estrella, que conversaba con el viento y que tomaba la niebla con las manos cuando era suficientemente espesa.

Me sentí muy humillado, pero su relato era tan maravilloso, pensé que yo también podría hablar del alma de las cosas. Le rogué que me acompañara en mi camino.

-Soy viejo, avanzaremos lento. Cuando creas que ya no me necesitas puedes seguir sólo –me dijo en voz baja.

Durante nuestro viaje le hablé de Brisa y del amor. Pero el me habló  del amor real, del que te eleva y te deja caer, de aquel que te rejuvenece y te desgarra. Ese amor que yo conocía con dolor, del amor que se transforma en odio y temor.

Mientras más aprendía del ermitaño, más me costaba recordar por qué quería  llegar a las montañas. El tiempo pasaba invisible, inadvertido. Llegamos a una laguna y nos detuvimos ahí.

-Ya no puedo seguir, no tengo nada más que entregarte –me miraba serio y supe que desde ese momento seguiría sólo.

-No quiero continuar, apenas recuerdo esas montañas, ya ni siquiera recuerdo lo que llevaba –eso último era la mayor verdad, hacía mucho que no quedaba nada en mi equipaje.

Entendí que no era yo quien lo había invitado, él me había esclavizado con cadenas de sabiduría. Ahora me liberaba.

-Ya no tienes que ir a las montañas, en tu viaje construiste tu propia tierra, ahí puedes caminar por donde quieras, porque todo te pertenece –me dijo con voz calma mientras se alejaba en la penumbra.

-Entonces quiero volver con Brisa, dime cómo puedo llegar.

-Los caminos no se pueden desandar –esa frase me apuñaló -ya te llevaste lo mejor de Brisa, ese amor será siempre amor. Es tu tesoro más grande y si lo quieres cuidar debes alejarte de él –ahora sí desapareció sin atender mis súplicas.

Pasé días esperando que volviera, aunque entendía más que nunca que los caminos no se pueden desandar.

-Estoy perdido, ¿Quién eres? –me preguntó el caminante. Estaba hambriento y desolado.

“¿Quién soy? -me pregunté también, porque ya no estaba seguro.

Miré mi reflejo en el lago, mi barba y mis cabellos eran blancos, mi rostro envejecido se parecía mucho al del ermitaño que conocí una vez.

Privado: Ahora Lo Sé

El monstruo, demonio, o como se llame lo que hay bajo tu cama existe. Lo sé, porque lo puedo ver, escuchar y oler.  Antes no, no estaba consciente  de su presencia. Cada uno tiene el suyo propio.  Si tienes suerte será invisible para ti, pero si alguna vez lo intuyes, lo adivinas de alguna manera, más te vale que él no lo sepa.

El monstruo se alimenta de tu miedo, de tus tristezas, de la angustia, solo los sentimientos más  bajos y primitivos, los que te paralizan y te quitan humanidad. ¿Si estoy seguro de lo que escribo? ¿Tengo pruebas?, la respuesta podría ser no, quisiera estar loco, tomar una pastilla de esas que toma mi madre cuando no está borracha, y olvidar todo,… como quisiera olvidar.

Siempre le tuve miedo a la oscuridad, desde muy pequeño me acostumbré a no pararme a menos de cincuenta centímetros de la cama, salvo que estuviera acompañado o fuera un día muy luminoso dónde el brillante piso de madera me permitiera ver debajo de ella con seguridad. Nadie me contó ninguna historia, nadie me enseñó a actuar así, solo lo sabía. Nunca llame a mi mamá para que me acompañara, tampoco conté a nadie mis miedos, la vergüenza era más fuerte, y a medida que crecía ya me fue imposible.

Mi niñez y adolescencia fueron felices, no tenía que estudiar para sacar buenas notas, a veces ni siquiera escuchar al profesor . No me preocupaba el futuro, sabía que no había forma de fracasar. Solo esos largos minutos antes de subir a la cama y tratar de dormir me llenaban de tormento. Pero me acostumbré, simplemente asumí que soy un cobarde y lo que es peor con mucha imaginación. Visualizada mundos paralelos dónde habían varias versiones de mí. Imagine mundos contenidos uno dentro del otro, donde el nuestro es apenas un átomo. El peor mundo posible, donde estaba solo y todos los demás eran espíritus que me ponían a prueba. De más grande descubrí novelas, cuentos y relatos dónde estaban mis mundos, el que tantos los intuyamos me pareció al menos sospechoso.

¿Y que hay de mi monstruo?  Ese que está bajo la cama. Sí, de ese también pude leer una treintena de ellos. El Coco le dicen,  a veces vive en tu closet, pero la mayoría de las veces habita bajo tu cama.

Mientras más leía, la verdad me caía como una  tempestad, me arrastraba sin control , me mi mente se ahogaba . Una vez estuve a punto de ahogarme, créanme que sé de lo que hablo.

Empecé a leer la Biblia con adicción, buscaba refugio, pero solo contribuyó con pruebas de que los demonios viven con nosotros, peor aún, los cuentos de terror siempre terminan en que el protagonista muere o desparece. La Biblia se encarga de que sepas lo que pasará después , te cuenta de la tortura y del sufrimiento eterno.

A veces con mis amigos trataba de hablar de esto, pero nadie se interesaba, finalmente terminaba yo lanzando alguna broma al respecto.

Estoy escribiendo en mi celular, ojalá pueda enviar esto antes de que él se entere de lo que estoy haciendo oculto bajo las sábanas. Sé que a pesar de haber minimizado la luz de la pantalla, el resplandor me delatará.

Hoy él se descuidó. Estoy solo en mi casa y el silencio invade todos los rincones. Tan presente es la nada que hasta puedo escuchar el acelerado  latido de mi corazón, y por supuesto, cada una de mis inspiraciones y exhalaciones. El vacío es tan nítido que empiezo a dudar si el hálito que oigo es solo el mío, intuyo una presencia, alguien que acompasa el ritmo de mi respiración.

Un escalofrío avanza rápido desde donde empieza mi espalda hasta la cabeza y termina en mis orejas.  Empiezo a jadear asincrónicamente más rápido, después lento, a veces arrastrando mi aliento, enronqueciéndolo, pero mi acompañante me sigue casi a la perfección, el problema es ese “casi”, como si fuera apropósito, como si quisiera alimentar mi terror.

Cada vez mi aliento, ¿o el de él?, se hace más presente, quiero que termine la agonía, pero más temo la forma en que pueda terminar.  Aún sin abriera los ojos no vería nada, ¿podría distinguir al menos su silueta?, el miedo me derrota y decido apretarlos,  a la vez que un nuevo escalofrío me recorre desde el los pies a las orejas.

Permanezco inmóvil por temor a palpar algo que no debería estar ahí,  otra contradicción a mis sentidos, porque también me hace más sensible a los acontecimientos dentro de la pieza, ahora pudo oler mi sudor helado, ¿o el de él?

Quiero convencerme de que nada de esto es cierto, pero mi piel de gallina y los vellos erizados en alerta me dicen otra cosa. Trato de adivinar la distancia al interruptor de la luz, al menos son cuatro metros, cuatro  largos pasos y abandonar la seguridad de mi cama y las sábanas que cubren mi cuerpo por completo. Si enciendo la luz…. ¿Con qué me encontraré?,  creo que ni mi mente, ni mi corazón soportarían ver algo que no debería estar ahí.

Le gritaré que se vaya… ¿Y si me contesta?, ¿Qué tan cerca está de mí?

Aguanto la respiración lo más que puedo, soy bueno en eso, él también, siento que voy a explotar, me vence…, inspiro con desesperación…, él también.

No aguanto más, le pediré que se vaya, lo haré con firmeza y decisión, pero apenas de mis labios sale un tembloroso:

– ¿Hola?…

Esa voz, la que escuché, ¿era sólo la mía?

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