Volví.
Después de poner la pluma en silencio desde el 2019, hoy regreso… y no vuelvo solo. La tecnología —esa alquimia moderna— abrió una puerta inesperada: estoy transformando mis relatos en canciones, dándoles puentes, coros y nuevas alas.

Es un proyecto extraño y luminoso: escribir para que la música los vuelva a despertar, para que cada historia respire en otro ritmo. Y quizá, si la inspiración y la IA obedecen, logre que regrese la magia de Entre Monos y Serpientes.

Algunos me han preguntado por qué no canté yo. No canto mal, y ganas no me faltaron, pero existe una distancia técnica entre lo que escucho en mi cabeza y lo que finalmente logro ejecutar. Esa brecha —pequeña para algunos, enorme para mí— hace que esta vez prefiera dar un paso al costado.

Además, no estoy solo en este viaje. Otros tocan los instrumentos, y otros —más etéreos— prestan su voz. Quiero pensar que, aun cuando no son de carne y hueso, poseen una materialidad espiritual lo suficientemente densa como para darle humanidad a las canciones. Son presencias hechas de aire, código y algo más… algo que no sabría nombrar, pero que vibra.

Así que me quedo en el rol de compositor, que ya es más que suficiente y profundamente relevante. Desde ahí construyo, imagino y doy forma a lo que quiero contar. Aunque otra voz lo cante, lo que late detrás siempre será mío… y también suyo.

La misma magia de siempre.
La que nunca debió haberse ido.